El ingreso

Había delante de mí cuatro personas en la cola. Ya quedaba menos.

Llevaba en el banco mucho rato. No sé cuánto, nunca llevo reloj. Una señora especialmente complicada con sus peticiones había atascado la cola. Tenía una voz con carácter. Algo había pasado con una factura.

Los tres siguientes pasaron más rápido. Transacciones fáciles, al parecer. Yo también sería de esas. Sólo voy a ingresar cincuenta euros.

El chico que hay justo delante de mí también está poniendo en apuros a la chica de la ventanilla. Yo espero mi turno con paciencia. El papelito del número de cuenta bien preparado en la mano.

Y por fin, me toca. Le cuento a la chica de la ventanilla:

  • Buenos días, bonica. Mira, quería ingresar cincuenta euros en esta cuenta…
  • Señora, ya le dije la última vez que esos trámites tiene que hacerlos en el cajero. Por favor, tiene uno en la entrada.
  • Pero es que…
  • No puedo ayudarla. Normas de la empresa. Por favor, vaya al cajero de la entrada. ¡Siguiente, por favor!

El hombre detrás de mí coge mi turno. Yo ya conozco el cajero de la entrada. Es una máquina con una pantalla y botones. Pero quería explicarle a la chica que yo, a mis ochenta y tres años, ya no veo ni entiendo las letras.

Probaré a ir a correos, como antiguamente, a preguntar cuánto tarda en llegarle el dinero de su cumpleaños a mi querida nieta.

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