El Gigante

Era tan enorme, allí tumbado. Parecía que estuviera a punto de despertar y desperezarse.

Podía ver su cara, con sus ojos, su nariz, su boca, sus orejas… No tenía pelo, pero se apreciaban arrugas en la frente. La figura de su cuerpo se perfilaba sobre la montaña, desnudo, y tan cómodo… como si su lecho de árboles y rocas fuera lo más dulce y acogedor del mundo. La neblina que lo rodeaba también ayudaba a mantenerlo en su sueño, y le hacía respirar.

¿Cómo sería la vida del gigante? ¿Qué comería?, si comiera animales salvajes, hace tiempo que se habría quedado la montaña sin fauna. Tan enorme como era, necesitaría mucho más que un par de animales cada día… Puede que se alimentara de árboles… no, tampoco. La montaña estaría pelada, y ahora mismo se veía frondosa… Bueno, seguro que un gigante encontraría la forma de sobrevivir por aquí.

– ¿Sabes qué?,- le dije a mi compañero, sin dejar de andar –  me encanta el gigante.

– ¿Qué gigante?

Le señalé la cima de la montaña

– Ah, – me contestó, –  Son sólo rocas, tío…

Yo le eché una última mirada al gigante dormido, y continuamos nuestro camino sin detenernos.

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