El Intruso del Jardín

Lo saludaba cada día.

Detrás de una valla, en un jardín precioso que yo sabía que no era suyo, le veía siempre sentado, mirando al vacío o dormitando. Nunca supe averiguar su edad, pero no era joven.

A veces estaba al sol, cuando hacía buen tiempo, pero otras estaba bajo uno de los árboles, a la sombra. Yo siempre me paraba a mirarlo y a saludarlo, pero nunca me miró ni quiso responderme.

A veces no estaba, y yo me sentía decepcionada. Como yo sabía que él no vivía allí, y que se colaba sin permiso, siempre me preguntaba cómo era que los dueños del jardín no se daban cuenta de su presencia, y si lo hacían, cómo era que le permitían estar tanto tiempo. Por eso me preocupaba si no lo veía, no quería que tuviera problemas con ellos.

Pero ayer, lo vi otra vez. Esta vez estaba bien despierto. Cuando me paré y le saludé, me miró. Me encantan esos ojos amarillos. Se acercó despacio a la valla meneando con elegancia su pelo lleno de rayas y se sentó al otro lado delante de mí, sin dejar de mirarme.

Me maulló varias veces y me mantuvo la mirada hasta que me fui. Se me quedó la sonrisa puesta el resto del camino.

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2 Respuestas a “El Intruso del Jardín

  1. Precioso. Sencillo, íntimo, cuidado, sublime. No ha sido hasta el cuarto párrafo que me he dado cuenta de que hablabas de un encuentro con un gato…

    En este relato la exquisitez y la aptitud de valorar las pequeñas grandes cosas de la vida.

    Muchas gracias por compartirlo, Rocío.

    Un abrazo enorme.

    Ali

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