Privilegiada y Maldita

Un día más… de todos estos años. No sé contar, así que no puedo decirte cuántos. Me atreveré a decirte que son muchos. Muchos.

Suelo colocarme en el mismo sitio cada día. No me muevo. Y paso allí todas las horas. No te exagero. Todas.

A veces me siento privilegiada, y a veces maldita.

Hoy llega un chico y se sienta con su desayuno. Nada especial. Sólo desayuna y se va. Tiene pinta de haber madrugado. Nunca lo había visto antes.

Al resto sí, a los que vienen siempre a por su café de la mañana. A esos los reconozco, con sus típicos saludos, sus típicas bromas con el dueño… hay una mujer que lee el periódico cada día. A veces comenta algo y me entero de lo que sucede más allá de las puertas del establecimiento. Espero con ansiedad que hoy lo haga, que se indigne por algo en voz alta que me haga conocer más… pero hoy no es el día. No importa, vendrán más clientes.

Dos hombres mayores me eligen para sentarse y debatir y tratar de solucionar el mundo. Todo está muy mal, las pensiones están muy mal. Las cosas ya no son como antes.

A la hora de comer viene una pareja. También me eligen. Por lo que parece, ella está embarazada. Le encantaría pasar más tiempo con él, pero él trabaja mucho.

Pasan por mí más clientes, como siempre. Me entero de las conversaciones más banales, y las más interesantes. Soy testigo de ideas filosóficas y de quejas, de historias, de sueños, de amores y de silencio.

Yo he conocido a muchos y he oído a muchos sin que a nadie le importara mi presencia. Tengo esta suerte, y esta desgracia.

Yo te espero… Sé que vendrás… ¿Lo ves? Ahí estás. Y me eliges también, como siempre. Eres de los pocos que vienen solos, a compartir conmigo su silencio.

¡Pero yo quiero saber de ti! ¿Quién eres? ¿Qué pasa por tu cabeza? ¿Por qué yo? Ojalá supieras cómo me siento. Ojalá supieras lo que es tenerte tan cerca… sobre mí. Estar aquí contigo, tanto tiempo… y no poder hablarte. No poder pedirte que me cuentes, o que me mires, o que me enseñes eso que escribes. Porque si no me lo enseñas tú, ahora, jamás podré leerlo.

Y te vas sin despedirte. ¿Sabes al menos que existo?

Indiferencia. Haces que me recuerde que estoy hecha para servir. Sólo para los demás. Soy apoyo para todo y para todos. A nadie le preocupo.

Al menos está el dueño del bar. Él es el único que se molesta por mi integridad. Al menos, se molesta en limpiarme casi después de cada cliente.

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