Los Lados De La Puerta

 

–      Si abrimos esa puerta, estamos jodidos.

Llevábamos ya 2 horas encerrados, y yo discutía con César.

Encerrados, además, por nuestra propia mano. Habíamos decidido cerrar esa puerta en el momento de mayor tensión para salvar nuestra integridad física, y ahora él me planteaba volver a abrirla. Yo tenía mis dudas, pero él insistía:

–      Seguro que ya no está ahí. Se habrá calmado.

–      Sí que hace tiempo que no lo oímos, pero eso no quiere decir que se haya calmado.

–      ¿Y cuánto tiempo pensamos quedarnos aquí? Tenemos que curarnos esto.

Eso era cierto. Aún había heridas que sangraban sin poder siquiera lavarlas. Y en la habitación en la que estábamos, un pequeño dormitorio, no teníamos nada.

Tenía razón, pero yo tenía miedo. Sentía ese maldito agujero en el estómago que se hace más grande según le dejas a tu cabeza pensar.

Y mi cabeza pensaba. Sobre todo cada vez que miraba esa puerta.

–      ¿Y si aún está ahí y nos ataca?

–      Yo abriré, lo haré despacio. Coge eso y estate preparado por si entra. Tienes que intentar atraparlo, ¿vale?

Mi corazón latía más fuerte, como si quisiera agarrarse para no caer.

Nuestras heridas seguían igual, prueba de la anterior refriega. Le tenía horror a una segunda, no quería salir igual de malparado que la anterior.

Y esos ojos… esas ganas de matar…

–      No sé… – Le dije.

–      Tenemos que salir, tío.

Sí, si… tiene razón. Hay que hacerlo.

–      Joder… vale.

Mi pecho se agarraba y se estrujaba. Bebía adrenalina.

Cogí la manta y César abrió la puerta despacio. Fuera se oyó un gruñido.

–      ¡Mierda, sigue ahí! ¡No abras más!

No me hizo caso, y la condenada bestia entró como un rayo, esquivando a César y atacándome directamente. No pude atraparlo con la manta, se escabulló y yo la solté. Se me tiró otra vez y yo reaccioné con mis manos. Sólo pensaba en poder agarrarlo para quitármelo de encima. No podía, era demasiado rápido. Se me enganchaba, mordía…

César le dio una patada y me lo quitó, justo el tiempo necesario para levantarme. Volvió para atacarnos, y otra patada recibió. Pero con esta lo mandó al otro lado del dormitorio.

–      ¡Corre, cierra la puerta!

Salimos de la habitación y cerramos. Empujó, gritó y gruñó al otro lado, pero César le puso algo a la puerta para que no pudiera abrir. Creo que era una silla.

Yo tenía nuevas heridas que sangraban, sobre todo en las manos y los brazos, y un corazón todavía enganchado en el pecho.

César me miró incrédulo.

–      ¡Pero tío! ¿Qué le has hecho al gato?

 

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